“Nunca me pasó nada grave”: cuando el trauma se disfraza de normalidad

“Nunca me pasó nada grave”: cuando el trauma se disfraza de normalidad

“No entiendo por qué me siento así. Nunca me pasó nada grave”.
Laura me dijo eso en su primera sesión. Tenía 38 años. Dos hijos, un trabajo que la exigía mucho, y una rutina que parecía funcionar. Pero algo no estaba bien. Se angustiaba con facilidad, tenía momentos de ansiedad que no podía explicar, y sentía un cansancio profundo, de esos que no se resuelven con dormir más horas.

“No tengo motivos para sentirme mal”, repetía.
Y sin embargo, su cuerpo contaba otra historia.
Cuando alguien levantaba la voz, se tensaba. Si recibía una crítica, por mínima que fuera, se quedaba con un nudo en el pecho durante días. Le costaba confiar en los demás. Vivía con una autoexigencia constante, sintiendo que todo dependía de ella, como si soltar el control fuera peligroso.

A veces creemos que el trauma tiene que ver con grandes eventos: un accidente, una pérdida muy fuerte, una situación de violencia. Pero el trauma también puede venir de lo que faltó.
De una infancia en la que nadie nos preguntó cómo estábamos. De una casa donde había comida pero no cariño. De crecer con la sensación de que había que portarse bien, no molestar, no sentir demasiado.

Ese tipo de heridas no suelen aparecer en los relatos que pensamos como “traumáticos”. Pero están. Se sienten en el cuerpo, en la forma en que reaccionamos sin saber por qué, en cómo nos relacionamos con los demás y con nosotras mismas.

El psiquiatra Bessel van der Kolk lo explica muy claro en su libro El cuerpo lleva la cuenta. Dice que el trauma no es solo un recuerdo doloroso: es algo que queda registrado en el cuerpo, en nuestro sistema nervioso. Y por eso, no basta con decirnos que “ya pasó”. El cuerpo no siempre lo sabe.

Además, como señala Gabor Maté, otro referente en este tema, el trauma no es solo lo que nos pasó, sino cómo lo vivimos. Dos personas pueden pasar por la misma situación y tener respuestas completamente distintas. Todo depende del contexto, del apoyo que tuvimos, de nuestras herramientas internas.

Laura no había vivido “nada grave” —según sus palabras—, pero sí muchas pequeñas situaciones que la habían hecho crecer en alerta. Había aprendido a cuidar de todos, menos de ella. A sonreír aunque algo doliera. A resolver, aunque por dentro se sintiera sola.

Y eso también es trauma. Uno más silencioso, más difícil de detectar, pero igual de importante.

Por eso, la próxima vez que te digas “no debería sentirme así”, tal vez la pregunta no sea si lo que viviste fue lo suficientemente grave, sino si hubo alguien ahí para ayudarte a atravesarlo.
Y si no lo hubo, tal vez ahora sí podés empezar a estar para vos.

En el próximo blog te comparto algunas formas simples y amables de empezar a sanar.


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